domingo, 25 de diciembre de 2011

La Primera República

Durante la mañana del 27 de septiembre, un contingente de soldados bajo el mando del coronel Francisco Martínez salió desde Ponce en dirección hacía Adjuntas. Apenas cinco días después, el coronel Martínez ordenó colgar al prisionero por las manos, lo abofeteó, escupió, le rompió la boca con la culata de su pistola, y le arrancó los pelos de la barba. El infeliz prisionero respondía al nombre de Manuel Rojas Luzardo, líder máximo del alzamiento surgido en Lares en 1868. Tomando como base el trabajo de la historiadora Olga Jiménez de Wagenheim, reflexionemos sobre aquellos días.
Aunque desorganizada por haber comenzado antes de lo planificado, la insurrección que estalló en el tranquilo pueblo de Lares durante la madrugada de 1868 logró tomar por sorpresa a las autoridades municipales. Alrededor de seiscientos hombres marcharon ese día en dos columnas dirigidas por Rojas Luzardo y por Juan de Mata Terreforte. Algunos iban a caballo; la inmensa mayoría iba a pie. Algunos portaban armas de fuego; la inmensa mayoría sólo machetes u otras armas blancas. Allí habían hacendados, comerciantes, profesionales, jornaleros e incluso esclavos cuya libertad individual había sido ofrecida a cambio de luchar por la colectiva.
Con el grito de guerra “Viva Puerto Rico libre; Muerte a los españoles; Viva la República”, el primer ejército libertador boricua hizo su entrada en Lares. Los comerciantes, la inmensa mayoría de ellos españoles, fueron levantados de sus camas y obligados a rendirse a nombre de la República. Sellado con el éxito inicial, el liderato de las fuerzas rebeldes se reunió en Lares para configurar el primer gobierno boricua bajo la independencia. Un hijo de Aguadilla, Francisco Ramírez, fue nombrado como su primer Presidente. Otros nombres tan olvidados como los de Ramírez y Rojas Luzardo merecen ser igualmente recordados. Clemente Millán fue nombrado Ministro de Justicia; Federico Valencia, Ministro del Tesoro; Aurelio Méndez, Ministro de Relaciones Exteriores; Bernabé Pol, Ministro de Estado. Una vez nombrados los jefes militares del nuevo ejército puertorriqueño, quedó proclamada nuestra Primera República. Tras un breve descanso y solemne conmemoración en la iglesia lareña, el ejército rebelde inició su marcha hacia su siguiente objetivo: capturar San Sebastián del Pepino.
Fue en esta segunda fase del desarrollo de nuestra Primera República, donde el movimiento de liberación nacional comenzó a caer preso de sus debilidades. Al entrar a la plaza de San Sebastián, los rebeldes se encontraron con una resistencia inesperada por parte de las milicias del gobierno colonial. La frustración por las autoridades españolas de los esfuerzos del doctor Ramón Emeterio Betances y Alacán para introducir armas de fuego a Puerto Rico, dejó a nuestras fuerzas libertadoras desprovistas de ese recurso. El liderato rebelde, a pesar de su valentía y convicción, carecía de experiencia militar previa y del entrenamiento necesario para organizar un ejército disciplinado. Tras alrededor de una hora de combates en la plaza de San Sebastián, las muestras de resistencia del gobierno colonial comenzaron a hacer mellas en la moral boricua. Patriotas tales como Manuel de León, Venancio Román y otro combatiente de Mayagüez (nuestro primer Soldado Desconocido) murieron en combate.
El tropiezo en San Sebastián llevó al liderato rebelde a tomar la fatídica decisión de retirarse y a esperar, vanamente, por noticias sobre el doctor Betances y Alacán, y de que otros pueblos se hubiesen alzado en pos de la Primera República. Esas buenas nuevas nunca llegaron. A la retirada de San Sebastián le siguió la desmoralización de los combatientes rebeldes y la deserción de algunos de ellos. El gobierno colonial contó con tiempo para montar su ofensiva. La insurrección había fracasado. A muchos de los rebeldes les tocó un destino similar al de Rojas Luzardo. El gobierno colonial efectuó más de doscientos arrestos. Las cárceles no daban abasto, al punto de que se alquilaron locales privados para mantenerlos prisioneros. Decenas de patriotas que lucharon por nuestra liberación comenzaron a morir en presidio a causa de las heridas sufridas en combate, ante la ausencia de asistencia médica.
A las vejaciones físicas sufridas por nuestros héroes del Grito de Lares les han seguido las históricas. Así por ejemplo, se ha intentado desmerecer esa gesta con el señalamiento de que algunos de sus líderes, tales como el hacendado Matías Brugman y el propio Rojas Luzardo, eran extranjeros. Siguiendo semejante argumento, entonces habría que desmerecer igualmente los movimientos de liberación latinoamericanos que contaron con el liderato de Simón Bolívar, y la guerra de independencia de los Estado Unidos, tan auxiliada por militares franceses tales como el Marqués de La Fayette. Los mártires del primer gran esfuerzo de liberación nacional no tienen estatuas frente al Capitolio; sus nombres no figuran en tarjas conmemorativas de los caídos en combate. Mientras tanto, la ciudad que vio nacer la Primera República pierde su lema y máxima distinción, la cual apenas conmemora una vez al año.
Por eso esta columna sale a la luz hoy, y no un 23 de septiembre.

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