martes, 16 de junio de 2015

El triste y precario reinado de Alejandro I el Hechizado


A partir del año 2001, la política puertorriqueña inauguró la época en la que aún continuamos viviendo: la de los monarcas eunucos.

Se trata de aquellos gobernantes que carecen de la fuerza o apoyo popular para reinar por más de un cuatrienio, con su capital político ya en erosión tan pronto juramentan su cargo. Desde Sila I la Disminuida (2001-2005), continuando con los reinados de Aníbal I el Accidental (2005-2009) y Luis III el Pasmado (2009-2013), convertirse en gobernante de Puerto Rico implica heredar la pesada carga de una línea sanguínea lastrada por los estertores agónicos de un Estado Libre Asociado agotado. Ahora, como espécimen elocuente de este proceso degenerativo sin obstáculos, nos rige Alejandro I el Hechizado (2013-2017). El no es el primer monarca embrujado, sin embargo.

En 1506, el trono español unificado por los Reyes Católicos Fernando e Isabel, pasó a manos de una nueva dinastía nacida bajo el signo de los matrimonios por conveniencia. El nuevo linaje de los Habsburgos – o Austrias, como más comúnmente se les conoció por el país de origen – se inauguró con la ascensión al trono de Juana I la Loca y Felipe I el Hermoso, seguidos por los llamados “Austrias mayores” Carlos I y Felipe II. Tras la muerte de este último, el Estado español y su imperio comenzaron su lento declive presidido por los llamados “Austrias menores”, Felipe III, Felipe IV y, por último, Carlos II el Hechizado.

De precaria y raquítica condición física y mental, el reinado de Carlos II (1665-1700) presidió la decadencia postrera de España como gran potencia europea, y su eventual rendición como satélite de la monarquía francesa de los Borbones. A la pérdida de guerras, prestigio y territorios, se sumó la incapacidad del Estado español para implementar reformas que detuviesen la inexorable debacle de sus arcas, su poder e incluso su espíritu.

Del mismo modo y sin ser directamente responsable de las circunstancias bajo las cuales le tocó reinar, Alejandro I preside un régimen que ya no encuentra consuelo en el reformismo colonial de antaño. El Estado puertorriqueño que rige lo es cada vez menos, con las magras prerrogativas ganadas por el ELA en 1952 progresivamente revirtiendo a manos de las autoridades metropolitanas estadounidenses. Como los monarcas eunucos que le precedieron, pero de una manera aún más precaria y accidentada, Alejandro I reina sobre un régimen colonial cada día más endeble e inestable, incapaz ya de hacer cumplir por sí mismo sus labores policíacas y condenado a una cada vez mayor dependencia de las providencias metropolitanas. Este nuevo Hechizado es cada vez más impotente para dirigir y persuadir a su propio partido oficialista, como no sea mediante amenazas solapadas de colapso gubernamental y crisis sociales.

Al igual que en 1665 con el Estado español, en 2015 el Estado puertorriqueño se está desgastando; carcomido sin remedio por sus contradicciones internas, y presidido por un liderato que parece contentarse con plantear que la calentura sí está en la sábana. Si esto no es, precisamente, estar bajo los efectos de un conjuro maléfico, entonces nada lo es.